La accidentada noche del rosarino reabre una histórica discusión en la industria musical: los límites de la libertad creativa frente a las demandas de un público
La polémica presentación de Fito Páez en el Movistar Arena superó la simple anécdota de un concierto fallido para reactivar una discusión estética y ética tan antigua como el arte mismo. ¿A quién le pertenece el show? ¿Al músico que busca canalizar su presente creativo o al fanático que paga una entrada esperando revivir la banda sonora de su vida?
El artista vs. el fanático
Por un lado, la postura más purista defiende la libertad creativa total. Fito Páez, a las puertas de lanzar su nuevo álbum Shine, utilizó el escenario como un espacio vivo de vanguardia, negándose a ser un “tributo de sí mismo”. Desde esta perspectiva, exigirle a un prócer musical que repita la misma lista de temas desde hace treinta años es condenarlo a la muerte artística; el escenario es un laboratorio, no un servicio de atención al cliente.
El peso del contrato comercial
Sin embargo, la industria del entretenimiento actual plantea un contrapeso ineludible: el factor económico. En tiempos donde el acceso a un concierto masivo implica una inversión asfixiante para el bolsillo promedio, el público siente que tiene derecho a recibir los grandes éxitos por los que pagó. Para muchos, la propuesta de Páez ignoró que el ritual del estadio se sostiene sobre un pacto de reciprocidad, dejando un debate abierto que marcará un precedente en el rock nacional.